¡Burbuja tecnológica a la vista! Que las habilidades sociales suban a escena ¡ya!

¡Burbuja tecnológica a la vista! Que las habilidades sociales suban a escena ¡ya!

Cada vez más frecuentemente, cantidad de artículos o ponencias relacionadas con el talento y las nuevas tecnologías ponen de manifiesto la relevancia que, en pocos años, adquirirán las habilidades sociales y emocionales. Las asimilan a las tecnológicas y cognitivas de alto nivel incluso.

En alguna infografía he visto datos que arrojan crecimientos necesarios de entre un 22% y un 26% para el primer grupo, llamémosles habilidades ‘sociales’ y entre un 52% y un 60% en el otro grupo, a las que llamaríamos habilidades ‘tecnológicas’.

En lo que al aspecto de crecimiento ‘tecnológico’ se refiere no hay mucho más que decir. Las pruebas son evidentes, teniendo en cuenta el efecto multiplicador que de unos años a esta parte estamos viviendo y que, sin duda alguna, se multiplicará incluso a un ritmo difícil de asimilar. Pero ¿qué es lo que va a suceder en lo referente al crecimiento del aspecto ‘social’?.

Moverme en un entorno tecnológico y de RRHH a la vez, me permite disfrutar de una ubicación privilegiada como espectadora de dos escenarios que de alguna forma deberían converger. La cuestión es ¿lo están haciendo?

Se plantea un gran dilema: por un lado están esos actores de captación, que se mueven dentro del mundo de la gestión de personas, tales como directores de RRHH o empresas que captan talento. En ambos casos, cuando tienen que conseguir esos perfiles ‘técnicos’, ponen de manifiesto las enormes dificultades que encuentran a la hora de que confluyan en un mismo perfil ambos tipos de habilidades, con especial hincapié en la carencia de ‘habilidades sociales’ en una gran mayoría de casos.

Por otro lado, están los actores principales de la película, los ‘nuevos’ trabajadores ‘tecnológicos’, que aportan en mayor o menor medida los conocimientos técnicos, pero no las ‘otras’ habilidades, las ‘sociales’.

¿Cómo alcanzar entonces esos crecimientos mínimos del 22% que la sociedad va a empezar a demandar? Teniendo en cuenta, además, que el libreto del personaje que interpretan los actores de captación dice textualmente: “manifiesto desinterés por parte del actor principal en desarrollar ese tipo de habilidades”, cuestión esta nada baladí.

En petit comité puedo asegurar que alguno de ellos, en el camerino, ha llegado a confesar su desesperación, no sólo porque carezcan de esas habilidades, sino porque ¡incluso las rehúyen! Palabras textuales: ‘directamente no les interesan’.

¿A qué nos lleva esto? Pues a una incoherencia. Nos encontramos, por una parte, con que muchos de los departamentos de gestión de personas hacen verdaderos esfuerzos económicos por ofrecerles a estos perfiles un ‘ambiente Google’. Ponen a su disposición toboganes, salas de descanso, masajistas (¡sí, masajistas semanales!) y beneficios sociales que serían del todo inimaginables hace tan solo unos años. Y la pregunta fundamental: ¿consiguen el resultado previsto? No. Por el contrario, el responsable de personas se siente frustrado porque ya no sabe cómo motivarles y la empresa no consigue su objetivo final, retener. En algunos casos, tal es el desinterés por adquirir cualquier tipo de responsabilidades, que llegan al punto de no poder hacer planes de carrera para ascenderles. ¿Motivos?: no tienen el perfil o sencillamente el que sí lo tiene no quiere ni asumir la gestión de un equipo.

Ante este panorama me encontraba yo en una charla distendida con algunos de estos actores que buscan talento ‘tecnológico’. Salieron a la luz anécdotas verdaderamente llamativas, probablemente reflejo de casos extremos, pero que me llevaron a una curiosa reflexión: se estaban poniendo sobre la mesa dos cuestiones clave, no sólo una, la falta de esas habilidades sociales estaba clara, pero en el fondo subyacía otra tanto o más importante: la falta de actitud.

La puesta en escena se complica. Se incorpora un personaje al que, parece ser, no se le ha dado todo el protagonismo que el papel exigía. Es un personaje que nace en casa de cada uno. Aparece con nuestros primeros pasos, y al igual que cuando empezamos a caminar, si no somos correctamente tutelados, avanzaremos en la vida, está claro, pero los tropiezos y las torpezas serán manifiestas en toda nuestra andadura.

La actitud es un trabajo que en su mayor parte corresponde a la unidad familiar. Son los padres quienes deben mostrar el valor de las cosas y enseñar la importancia de la lucha por conseguirlas. Ya desde pequeños tenemos que aceptar nuestras propias responsabilidades, celebrando los aciertos y aprendiendo a asumir nuestros errores. De nada vale que maquillemos con híper protección un éxito que lleva implícito un fracaso encubierto.

Esto, supieron hacerlo muy bien los padres que fueron ‘niños de la guerra’, pero me temo que las posteriores generaciones, llevados por el ansia de que nuestros hijos tuviesen una vida más fácil, hemos descuidado importantes lecciones de austeridad y esfuerzo que han inyectado en el ADN de las nuevas generaciones verdaderos problemas de actitud.

Ahora empiezan a salir a la luz.

¡Burbuja tecnológica a la vista! Que las habilidades sociales suban a escena ¡ya!

¿Y cómo solucionar esto? He ahí el dilema. Por un lado tenemos escasez de perfiles de alto nivel tecnológico; de hecho, algunos de esos perfiles no existen ni se prevé que lo hagan en breve, teniendo en cuenta que la enseñanza básica de hoy todavía no incluye en sus temarios las necesidades del futuro. Por otro lado, los perfiles que ya están en el mercado, tecnológicamente preparados, son tan escasos que los actores de captación se los quitan de las manos, incluso con graves carencias de perfil y, por descontado, acentuando en el candidato esa ‘prepotente’ falta de actitud. El resultado final: la ‘burbuja de talento tecnológico’ está servida.

Pero a día de hoy, y tras la crisis que todavía estamos deseando superar, hasta un niño pequeño sabe que toda burbuja acaba estallando, y deberíamos reflexionar seriamente sobre las medidas a poner en marcha hoy, ya que, puede suceder que en ese momento nos encontremos con una generación acostumbrada a poner sus condiciones, a la vida cómoda, a cambiarse de empresa cuando les apetece, pero también, poco preparada para enfrentarse al revés de no poder hacerlo, con escasa resiliencia y pocas o nulas habilidades sociales.

¿Y entonces? ¿Qué haremos las empresas? ¿Contratar sicólogos que den sesiones semanales a los trabajadores sobre cómo superar un revés? ¿Incrementar nuestro absentismo por el incremento en las bajas por depresión?

Démosle importancia a las cosas que la tienen. El crecimiento tecnológico es vital y convivir con él más, pero no olvidemos formar tanto dentro como fuera de casa a nuestras generaciones actuales y futuras en habilidades sociales, porque las tecnológicas de una forma u otra nos las van a ir poniendo sobre la mesa, pero las otras hay que desarrollarlas: presentar un proyecto, ser un ponente en tu campo, ser capaz de comunicarse con diferentes perfiles, vender y venderse, gestionar equipos, ser resiliente, no paralizarse ante los problemas y ser proactivo aportando soluciones.

Incluso un gigante como Google tuvo que pararse, abrir en canal y desmenuzar el perfil de sus trabajadores recurriendo a sus inmensos Analytics de RH, para llegar a la conclusión de que lo más importante para ellos es la actitud, por encima incluso de los brillantes estudios universitarios, y hoy por hoy las habilidades ‘sociales’ empiezan a formar parte cada vez más de los requisitos exigibles entre el elenco de profesionales que ayudan a mejorar su empresa cada día.

Viviremos rodeados de robots, pero no olvidemos que los crean personas e interactuarán con personas y, aunque llegue a ser lo más normal del mundo, el trabajo de familias, educadores y empresas en la constante formación al respecto de las habilidades sociales y la correcta actitud será fundamental para la convivencia sana en un futuro, y digo sana porque ¿a quién no le asustan esas películas futuristas en las que no hay sentimientos?

Esforcémonos en desarrollar la actitud adecuada y las habilidades sociales de nuestros niños de hoy… ¡ese será nuestro mejor legado para evitarles la burbuja tecnológica!